Viaje a Cabo Verde – Aventuras en mar abierto

Cuando mi mujer y yo iniciamos nuestro viaje a Cabo Verde poco imaginábamos las grandes experiencias que allí viviríamos. Nuestro viaje de veinte días tuvo un punto final muy penoso, pues vimos las Torres Gemelas de Nueva York caer en directo en un chiringuito de la playa de Santa María en la Isla de Sal. Eso siempre lo recordaremos, junto a las dificultades para regresar y conectar con nuestro vuelo con rumbo a Barcelona.
Pero no quería hablar de cosas tristes. ¡Cabo Verde es un país alegre y lleno de vida! Quiero contaros una batallita, una historia curiosa, de cómo acabé pilotando un barco en plena marejada por el Océano Atlántico. ¡De verdad!

Durante tres días nos acercamos al puerto de Tarrafal, en la isla de São Nicolau preguntando por un barco para poder viajar hasta São Vicente, otra de las islas que forman el archipiélago caboverdiano. Queríamos saltar a otra de las islas para conocer más del país durante nuestro viaje, pero parecía imposible. Cada vez nos decían que volviéramos mañana, no había horarios ni información precisa. Era nuestra primera semana de viaje y todavía nos parecía chocante esta indefinición aparente en los horarios de transportes, y en todo. Más tarde ya nos acostumbramos a este tipo de cosas.

Barcos fondeados en Tarrafal, São Nicolau
Barcos fondeados en Tarrafal, São Nicolau
Rincones de la isla de São Nicolau en Cabo Verde
Rincones de la isla de São Nicolau en Cabo Verde

 

La proa roja del Mar Liso en el puerto de Tarrafal
La proa roja del Mar Liso en el puerto de Tarrafal

Pero finalmente llegó el día de embarcar, pagamos nuestro billete y allí estábamos en el puerto esperando para subir al “Mar Liso”, una nave de madera, con aspecto de barco de pesca reconvertido de unos 25 metros de eslora. En el pantalán observamos las maniobras para cargar unos colchones, sacos, bultos diversos, una cama de hierro y otros enseres de lo más variopinto. Aquello parecía como el autobús que iba al pueblo en los años 60 en España, pero en versión náutica y africana. Pasajeros habría unos ocho o diez, un par de niños y una pareja de mochileros; nosotros. Destacaba entre todos ellos un hombre con traje que llevaba una maleta. Un hombre de negocios de Cabo Verde pensamos enseguida.

Zarpamos y nosotros dejamos las mochilas en unas literas contiguas a la cabina del capitán, donde estaba también el businessman. El resto de pasajeros descendió a las bodegas y no los vimos más hasta llegar a Mindelo. En ningún momento pensamos en bajar con ellos, pues lo que nos apetecía era tener la oportunidad de observar la salida del puerto, el paisaje, la belleza del océano y lo que pasaba también entre la tripulación.

Para tener una buena perspectiva enseguida subimos a lo que era el techo de la cabina trepando por una escalerilla. Contemplamos el puerto de Tarrafal y el paisaje árido propio de la vertiente sur de la isla. El cielo era de un azul intenso y soplaba el viento.

Navegando de São Nicolau rumbo a São Vicente, Cabo Verde
Navegando de São Nicolau rumbo a São Vicente, Cabo Verde

A medida que nos alejábamos perdíamos la protección de la costa y el mar se presentaba más movido. La sensación de vaivén se incrementaba más por estar en el punto más elevado del barco pero el panorama valía la pena, y más todavía cuando empezamos a ver peces voladores que aparecían de la espuma blanca de las olas y aterrizaban, o mejor dicho, amerizaban varios metros a lo lejos. Lo disfrutamos de verdad, pues nunca antes habíamos contemplado una escena parecida, de peces saltando crestas de olas blancas. Así estuvimos un buen rato hasta que la humedad y el frío sugirieron buscar resguardo en la cabina. Entonces fue que empezamos a hablar con Carlos, el capitán, mientras el señor de la americana y maleta escuchaba. Los caboverdianos en general son gente abierta y amable, y las conversaciones empiezan sin saber quién fue el primero en preguntar o decir algo. Por ejemplo, en la isla de Sal nos tendió un camarero en un bar que nos explicó que era el campeón nacional del baile de funaná. Casi sin venir a cuento nos relató su progresión en este estilo consiguiendo que el pez emperador que teníamos en el plato recién servido pasara a segundo plano.

El mar estaba revuelto y la embarcación pegaba unas buenas cabezadas cada dos por tres, un sube y baja típico de una nave surcando un mar movidito. Nosotros estábamos tan tranquilos y felices conversando pero el señor de los negocios empezaba a presentar síntomas de mareo. Su piel mulata había mudado a unos tonos azulados peculiares. Parecía aguantar el tipo agarrado a las literas con una mano y respirando profundamente por detrás nuestro.

El mar iba en crescendo, con olas que el viento coronaba de espuma blanca.

Aquí llega mi momento estelar. Oímos una especie de sonido gutural interrumpiendo nuestra charla con Carlos y al girarnos vemos a nuestro colega de la cabina , de color verde, y con los mofletes más hinchados que los de Louis Amstrong. Y va y el hombre explota con un chorro de vómito como nunca había visto antes, igual que una manguera de bomberos, propulsando toda su digestión inconclusa hacia nosotros, que nos apartamos, pero Carlos no puede dejar el timón y el barco a merced de las olas, así que recibe en su espalda una buena parte de los líquidos del caballero. ¡Madre mía!

Un pequeño barco navega por el Océano Atlántico en medio de un oleaje más que respetable con el piloto empapado en el vómito de un pasajero.

Carlos se levantó del taburete del timonel, del piloto del barco, y dejó a la vista un pequeño charquito meneándose en la pequeña concavidad de  la madera del asiento. Con mucha calma me indicó que tomara en mis manos la rueda del timón. ¡Hay que ser caboverdiano para tomarse algo así con el aplomo que hizo él!. Cualquiera en una situación similar hubiera repasado la geneaología del businessman hasta encontrar el primer australopitecus que habitó la sabana africana.

Y así fue que por espacio de unos 15 minutos me convertí en el feliz timonel del Mar Liso surcando el Océano Atlántico, el tiempo que necesitó Carlos para lavarse un poco y cambiarse.

La travesía continuó sin más sobresaltos y llegamos a la isla de São Vicente pasadas unas horas, tiempo que aprovechó nuestro compañero de cabina en dormir como un tronco.

Navegación con el Mar Liso
Navegación con el Mar Liso por el archipiélago de Cabo Verde
Carlos, y otro tripulante del Mar Liso
Carlos, el más alto, y otro tripulante del Mar Liso

Y hasta aquí una de las batallitas de nuestro viaje a Cabo Verde, un país en el que vivimos momentos muy especiales que parecían sacados de una película. Por ejemplo, en un viaje en camión que hicimos en la isla de Fogo para llegar a Cha das Caldeiras. El chófer paró a tomar una cocacola con una amiga, y después participó en un funeral (digo participar ya que pasó por delante nuestro ayudando a cargar la caja del difunto), todo ello con el personal esperando en el vehículo. También fue muy simpático que nos pesaran en una báscula en el minúsculo aeropuerto de la isla de Boa Vista para calcular si podíamos montar en el último avión del día.

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